Saturday, May 22, 2010

Mockus, el castigo social y la cooperación

La noticia de un joven que fue golpeado por reclamarle a un grupo de personas que decidieron entrar sin pagar a Transmilenio me recordó uno de los grandes éxitos de Mockus como alcalde de Bogotá.

Empiezo por darle un contexto teórico a la discusión.  Probablemente uno de los juegos más estudiados en las ciencias sociales es el Dilema del Prisionero, en donde dos individuos deben decidir si cooperan o no.  Si lo hacen, los dos obtienen el máximo beneficio posible.  Si ninguno coopera ambos pierden un poco en relación al resultado socialmente deseable.  Lo interesante de este juego--- lo que lo vuelve un dilema--- es que si los dos jugadores actúan de manera racional, pensando únicamente en ellos, el único resultado estable (un "equilibrio") es que ninguno coopere, resultado lamentable por supuesto, pues si existiera algún mecanismo creíble, ambos estarían mejor si cooperan entre ellos.  Si el juego se repite (infinitas veces), los individuos cooperarán en equilibrio, una y otra vez, si existe alguna estrategia en donde cuando uno no coopere, el otro lo castigue el siguiente período; una de estas estrategias es la de Ojo-por-Ojo (traducción mía del "Tit-for-Tat" en inglés).

Utilizando este modelo, algo abstracto, y aplicándolo para el caso de una sociedad con muchos individuos, no es difícil pensar que para que sea sostenible en el tiempo debe haber mecanismos tales que garanticen la cooperación entre ellos, siendo uno de estos el del castigo social: si alguien hace algo indebido, los demás lo señalan y lo castigan.  La ley, en sí misma, si se aplica, cumple con esta función social, pero en muchos casos, faltas menores que son deseables de controlar, pero que son difícilmente monitoreables a través de mecanismos policivos, podrían reducirse a un mínimo socialmente aceptable a través del castigo social.

Mockus, por medio de pedagogía y avisos con un dedo hacia arriba en señal de aprobación, y uno hacia abajo en caso contrario, logró hacer algo que parecía imposible en una sociedad, como la bogotana, que se había acostumbrado a que cualquier tipo de castigo social podría poner inmediatamente en riesgo su vida.  La solución fue absolutamente genial: los ciudadanos deben empezar a ejercer control y castigo social, pero éste debe hacerse de manera tal que no ponga en riesgo sus vidas.  La forma de estandarizar el proceso fue por medio de las señales previamente descritas, lo que garantizaba que el infractor supiera que esa regla de juego era socialmente aceptable, y al mismo tiempo minimizaba el riesgo de agresión por parte del infractor, en respuesta a un reclamo igualmente agresivo.

Teniendo en cuenta el contexto en el que vivió Colombia durante los 80s y 90s con el narcotráfico y los considerablemente mayores índices de violencia, lo de Mockus fue apoteósico, y necesario.  Cuando uno tiene la posibilidad de vivir en el exterior, en sociedades desarrolladas, se da cuenta que el control social es aceptado y se utiliza con frecuencia.  La pregunta de siempre es la de causalidad: qué fue primero, el huevo (el desarrollo económico) o la gallina (la obediencia cívica).  La pregunta sigue estando abierta, pero en este caso particular, es intuitivo pensar que una condición necesaria para que una economía logre desarrollarse es que existan mecanismos que garanticen la cooperación, que es el argumento principal de economistas institucionalistas como Douglass North.

Queda la duda, si algo como el experimento de Bogotá se puede repetir a nivel nacional.  La tarea es considerablemente más difícil, en particular porque los incentivos para desviarse son poderosos, que no era el caso de las infracciones menores que Mockus redujo por medio de pedagogía cívica en Bogotá.

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