La elección de Obama como presidente de EEUU fue tan emotiva que alcanzó a cautivar a individuos que, como yo, tenemos todo menos un sentido de pertenencia por el país del norte. Fue emocionante ver a jóvenes y viejos de todos las razas y colores llorar de felicidad al ver al primer presidente negro en la historia de un país donde el racismo todavía no se ha alcanzado a erradicar totalmente. Confieso, que en ese momento derramé también unas lágrimas de emoción por lo que parecía ser un suceso histórico, capaz de marcar a una joven e inexperta generación como la mía.
Podrá estar relacionado con la emotividad característica del guayabo dominguero, pero hoy he derramado nuevamente unas lágrimas por la emoción del fenómeno Mockus-Fajardo. La soprendente dinámica electoral ha hecho mella en mis más primitivas emociones electorales generando así una serie de incómodas contradicciones a las que no estoy acostumbrado: no hace más de un par de semanas escribí acá las razones por las que no votaría por él para Presidente, razones que siguen teniendo total validez y que todavía son motivo de preocupación. Cuando escribí esa nota, sin embargo, se me olvidó escribir un posdata que debía decir algo como "PD. Reconozco sin embargo que la misma crítica se habría podido escribir de Mockus antes de sus dos períodos como alcalde de Bogotá. Queda la posibilidad que, como en el pasado, su honestidad, transparencia, consistencia y creatividad tenga nuevamente la capacidad de sorprender al elector más racional y aterrizado."
En este momento ni el más audaz analista político es capaz de anticipar lo que va a pasar en las próximas semanas, porque estas elecciones han tomado visos caóticos e impredecibles, y, como en el dicho popular, es posible que el aleteo de una mariposa tricolor tenga consecuencias inexorables sobre el resultado de la contienda por la silla del primer mandatario. Sólo puedo decir, todavía con una lágrima de emoción que corre alegremente por mi mejilla levemente enguayabada, que tengo la esperanza que nuestra generación sea testigo de un hecho histórico donde derrotaremos por fin la ley del más fuerte, de que el que tiene la plata o el arma tiene el poder, pero aún más importante, donde se imponga, así sea de manera temporal, la idea de que el fin no justifica los medios sino que los medios son un fin en sí mismo.